10 agosto 2015

Ricotta casero


Creo que no puedo ni recordar cuándo fue la última vez que estuve cuatro días sola. Este verano mis hijas han pasado unos días con sus abuelos, y J. fue a llevarlas con ellos, se quedó unos días con sus padres y yo estuve sola en esta casa que es grande, se mire como se mire. Nosotros hemos seguido trabajando. Tendremos unos días de vacaciones todos juntos, pero más adelante.
Para mí fue extraño. Seguro que cualquier mami con niños en edad escolar me entiende. La verdad es que no recuerdo cuándo fue la última vez que estuve varios días sola. Sola por completo.
Definitivamente, hacía tiempo que no me encontraba así. Sin tener que cuidar de nadie más que de mí misma. Pero estuve trabajando, así que tampoco penséis que me puse a hacer planes  grandiosos. 
Me limité a cosas mucho más simples, (yo soy de natural bastante simple, que queréis que os diga) tan simples como a descubrir que hay silencio en mi casa. Es más, tanto me gustó que me vine arriba y hasta me descargué una aplicación para meditar y relajarme ante ese nuevo y desconocido remanso de paz y silencio que tenía a mi alcance. 
La otra cosa que tambien me pareció magia después de acostumbrarme a la casa silenciosa a todas horas (tengo que confesar que sí, que ante la falta de costumbre, después de un par de horas empecé a hablar en voz alta) fue que las cosas, cuando estás sola, se quedan en el sitio en que las dejas. Alucinante, oye, levantarte y que no haya nada revuelto, tirado, olvidado o esperando que cambie de sitio mágicamente, y al contrario, que nadie haya cambiado de sitio/movido/tirado/ algo que tu ibas a usar a continuación.
Si, soy muy simple. Tan simple que esas cosas me tuvieron impresionada, tengo que confesarlo.
Pero también he de confesar que esa soledad con la que una fantasea a ratos, a puro de no tener tiempo a solas, me pareció  por primera vez en mi vida que estaba tremendamente sobrevalorada.

Luego J. volvió y hemos podido hacer cosas juntos: salir a cenar, a tomar una copa (no es que no lo hagamos nunca, pero poder hacerlo sin pensar en canguros ni planificarlo como si fuera una operacion militar si que es algo nuevo), irnos unos dias fuera, volver y trabajar los dos solos en esta casa inmensa.
Y han pasado las semanas y mis hijas han vuelto.
Y me he dado cuenta de que, aunque no tengo nada de madre coraje, en casa estamos en un momento muy dulce. Las he echado de menos. No en el sentido de estar continuamente pensando en dónde o cómo están. He echado de menos sus ocurrencias, sus historias a la hora de la cena, sus discusiones absurdas por los pasillos, sus risas y sus sueños. Y me he dado cuenta de que esto me gusta, me gusta mucho. Me he dado cuenta de que me hace muy feliz esta pequeña burbuja que me carga las pilas frente al mundo. Que no es una obligación, ni un agobio, sino que es lo que yo quiero, y que me hace tremenda, inmensamente feliz.

A veces, necesitas cuatro dias a solas en casa con una aplicacion de meditacion diciéndote que respires, que abras o cierres los ojos, para darte cuenta de que respiras de maravilla con los ojos abiertos, con los ojos cerrados. Que lo mejor está aquí y ahora, delante de mis narices, y que va a cambiar antes de darme cuenta, y que lo único que tiene sentido es disfrutarlo todo lo que pueda, y estar inmensamente agradecida de la suerte que es estar viva, aquí, ahora.

Bueno, menudas profundidades en las que me he metido antes de entrar en materia hoy. Y todo porque hacer queso en casa me ha disparado la vena hogareña.
Esta receta no sé si es o no la mejor para hacer ricotta casero. Lo que sé es que es la primera que he probado y que el resultado me ha encantado. De hecho, te puedo decir que si llego a  saber lo fácil que es hacer ricotta casero lo hubiera hecho mucho, mucho antes. Siempre había pensado que es mucho más complicado. Pero de verdad que es sencillísimo. A mí una de las cosas que no me gustaban cuando lo veía es que quedaba un queso sin forma, como una masa coagulada a medio cuajar. Yo decidi ponerle un aro de presentacion al guardarlo para enfriar, y funcionó de maravilla. Una vez cuaja con la forma, se retira el aro y no se desmiga, mantiene la forma redondeada de un queso. Por lo demás, qué más se puede pedir: facilísimo, sin ninguna complicacion y totalmente casero. En fin, una de esas recetas que tus hijos pueden hacer sin ningun problema, para cerrar el tema caserito.




Ricotta casero 

Ingredientes

1 litro de leche entera
1/2 cucharadita de sal
3 cucharadas de zumo de limón
Necesitarás un colador y una gasa fina


Preparación
Prepara el colador sobre un bol grande y estable, con una gasa encima. Pon la leche en un cazo de base gruesa con la sal y llévala a ebullición, a fuego medio, removiendo para que no se pegue. Añade el zumo de limón, reduce el fuego al mínimo y remueve constantemente, hasta que la mezcla cuaje, unos 2 minutos. 
Vierte la mezcla sobre el colador cubierto con la gasa y deja que escurra bien durante una hora. Guarda el queso en el frigorífico en un recipiente hermético. Aguantará un par de días. 
A mí me gusta que tenga esta forma redondeada, así que después de escurrirlo lo guardé en la nevera en un bote de plástico hermético con un molde circular. Después de unas horas en la nevera, se puede quitar y el queso habrá mantenido la forma. También lo puedes dejar hasta el momento de servirlo.

06 julio 2015

Polos de yogur y frambuesa

Está claro que os estáis muriendo de calor, así que hace falta imperiosamente una receta refrescante y rápida que os baje algo la temperatura.
Y os hablo a vosotros, porque en esta parte del mundo seguimos sin pasar de los 20 grados. Incluso cuando esperábamos una ola de calor (sí, os podéis partir de la risa, directamente, que aquí con 27 grados estamos que nos morimos), parece que la ola se la va a llevar toda Inglaterra para hacer sudar a base de bien a los pobres tenistas que estos dias están en Wimbledon.
En serio, para que os hagáis una idea, lo que se toma en Wimbledon son fresas con nata.


Fresas con nata
en julio
y nadie se intoxica porque la nata esté en mal estado,
y nadie compra fresas de importación.
Estamos en temporada de fresas y de todas las bayas rojas.
Y esto para mi sigue siendo chocante.
Yo sigo siendo muy mediterránea. Del interior, del valle del Ebro, con un calor en verano que es insorportable y un frío en invierno que para si lo querrían en las estaciones de esquí gracias al cierzo que te quita la tonteria a las primeras de cambio, y que para los que no sois de la zona, no es vient: En Zaragoza no hace viento, hace aire. Hace tanto aire que incluso puedes encontrar la que debe de ser la única estación de trenes cubierta del mundo con cierzo interior.
Pero dejando a un lado todo eso, a lo que iba, que toda la vida pensé que la temporada de fresas se reducía a un par de semanas en mayo, porque a renglón seguido pasamos de 30 grados y seguimos así hasta casi octubre, y resulta que aquí no. Aquí la gente cuqui se va a ver Wimbledon y a tomar fresas con nata. 
A mí es que Londres me queda un poco a desmano ahora mismo, y lo de ser cuqui y tener entradas para Wimbledon, bastante más, así que en su lugar, en cinco minutos preparé estos politos, para quitar el calor de un plumazo sin miedo a que la nata se os estropee con la temperatura. 
Feliz verano



Polos de yogur y frambuesa

Ingredientes (para 6 unidades)
500 gramos de yogur natural entero o desnatado a tu gusto
2 cucharadas soperas de azúcar (o edulcorante al gusto)
Unas frambuesas (frescas o congeladas)

Preparacion
Mezcla el yogur con el azúcar o edulcorante, y llena los moldes de polo hasta la mitad aproximadamente. Pon unas frambuesas en cada molde, termina de rellenar con el resto del yogur y añade los palos. Lleva al congelador al menos 4 horas, mejor si lo dejas de un día para otro.



23 junio 2015

Espirales de vainilla y chocolate



 El otoño pasado estuve en un show de cocina de los que hacen por aquí. Básicamente consisten en una feria a la que traen a los cocineros que ves en la tele para que vendan sus libros/cazuelas/comida preparada (pon aquí el producto que te apetezca, que fijo que lo venden). Fue divertido para probar, pero yo que soy una completa romántica, llevo fatal todo este rollo en el que siempre hay alguien colocándote algo, vendiendo y haciendo caja. Y hoy son los más apasionados de la comida sana y mañana juran sobre el recetario lleno de grasas saturadas de la abuela, y pasado son expertos en el pan casero, y juran por la memoria de la abuela que nunca les pasó las recetas que no hay nada como hacer tu propia masa madre, para luego intentar venderte en el supermercado su propia marca de pan precocinado, por decir algo.




Pero bueno, como ya todo esto es lo normal, y una termina por acostumbrarse a todo antes o después, pues también me lo pase bien en el show, e incluso compré un libro de Rachel Allen, que me lo firmó. Estuvo encantadora y simpática todo el rato, y yo había tenido su libro en la estantería todo este tiempo sin terminar de animarme a hacer nada. Por fin, hace unos días me decidí a probar con esta receta de galletas de dos colores, que básicamente son una variante de las galletas de mantequilla.
Estas galletas son bonitas, están ricas, no son difíciles, y se pueden tener preparadas en el congelador (si tienes espacio) y hornearlas justo en el momento de comerlas. La vainilla y el chocolate son una combinación clásica que funciona siempre en repostería. Estas galletas, además quedan preciosas. Merece la pena probarlas,  e incluso doblar las cantidades, congelarlas y tenerlas para hacerlas, listas en un momento. Así que, gracias, Rachel, por publicar recetas tan resultonas.








Espirales de vainilla y chocolate
Ingredientes
150g gramos de mantequilla, ablandada
110g azúcar
1 huevo
Azúcar glass, para decorar

Para la parte de vainilla
2 cucharaditas de extracto de vainilla
1/4 cucharadita de levadura de repostería
150g de harina de repostería

Para la parte de chocolate
35g de cacao en polvo
115g de harina de repostería
1/4 cucharadita de levadura de repostería

Preparación 


Prepara dos bandejas con papel de horno. Mezcla la mantequilla con el azúcar y bátela con las varillas hasta que blanquee, y esté ligera. Añade entonces el huevo y sigue batiendo para integrarlo. En este momento, reparte la mezcla en dos boles. Debería haber unos 160 gramos de mezcla en cada bol. Añade en uno el extracto de vainilla, la harina tamizada y la levadura, y mezcla hasta tener una masa suave. 
En el otro bol tamiza el cacao, la harina y la levadura. Mezcla también hasta tener una masa suave. 
Espolvorea las dos bandejas preparadas con un poco de azúcar glas. Extiende cada bola de masa en una de las bandejas, hasta tener dos rectángulos de 20 x 30 cm. Los dos deben ser iguales. Espolvoréalos con azúcar glas. 
Pon la capa de chocolate encima de la vainilla y enróllalas juntas. Envuélvelas con el papel y ponlas en el frigorífico a enfriar al menos 15 minutos (puedes guardarlas en frío hasta una semana y hacerlas cuando quieras).
Precalienta el horno a 180º. Corta la masa en rodajas en unos 8 mm de grueso. Hornea unos 15 minutos, hasta que estén doradas por fuera y justo empiecen a estar secas al tacto. Deja enfriar por completo en una rejilla.