15 octubre 2014

Galletas de puro chocolate



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El año pasado empecé a correr. Con nula convicción, por pura necesidad. Necesitaba moverme, porque mi cuerpo y mi cabeza me lo pedían a gritos. No podía permitirme ir al gimnasio, que es lo que he hecho muy a gusto en otras épocas de mi vida, porque no había forma de casarlo en mi día a día (y no, no son excusas, yo sé bien de qué hablo), así que, aunque correr es algo que siempre he odiado, en ese momento era lo único que tenía a mano. 

Durante unas semanas fui mejorando mi fondo (bueno, básicamente fui creándolo, porque no lo había tenido nunca), volviendo a casa sin aliento, congestionada como un tomate a punto de explotar, soportando los comentarios irónicos de mi santo, que para estas cosas tiene una retranca digna de mejor causa, y la cara de incredulidad de mis hijas, que no creían que mi cara –ni la de ningún ser humano digno de tal nombre- pudiera llegar a ponerse de ese color. 
Pero poco a poco la retranca empezó a dejar entrever una malsana envidia por mi aguante y mi fuerza de voluntad, y el tomate a punto de explotar pasó a ser gradualmente solo una cara de esfuerzo. No corrí grandes distancias, ni grandes velocidades, pero empecé a coger ritmo. 

En medio de todo esto me pilló la mudanza, el cambio de casa, de horarios, de trabajo, de país,  de entorno, y correr quedó de nuevo relegado a la última de mis prioridades. Perdí el poco tono que había adquirido, perdí el hábito, perdí las ganas. 
Ha sido un año muy intenso, pero parece que las cosas vuelven a encontrar su rutina. En cada mudanza me ha pasado lo mismo. Uno empieza a sentir que va arraigando cuando los vecinos, o el de la tienda de la esquina, o el segurata con el que te cruzas a la misma hora cada mañana, te saluda, o al menos te pone cara de reconocerte. Pero para mí lo que no falla, lo que no ha fallado en ninguno de mis cambios a la hora de tener esa sensación de haber cerrado el ciclo es empezar a ver como se repiten las cosas, un año después.  Aquí en Belfast, la vuelta al cole, la presencia prematura de catálogos de Navidad en septiembre, (antes incluso que Halloween), me hacen tener esa sensación de que este año el transcurso del tiempo vendrá marcado por festivales, decoraciones y pequeños gestos que ya no serán nuevos, que ya hemos vivido y que serán parte de nuestro día a día. 
Cuando desaparece la novedad uno ya puede decir que está instalado, así que hace unos meses, cuando ya tenía esa sensación de haber estado aquí el tiempo suficiente, decidí que tenía que volver a correr. 


Los motivos eran los mismos, porque aunque algo más instalada, el tiempo sigue  jugando en mi contra, como siempre. Así que antes del verano decidí volver a correr. Un día cualquiera empecé y poco a poco me puse en forma. Incluso me llevé las zapatillas a mis vacaciones, y –lo que es más importante: no solo me las llevé, sino que incluso las usé!-, y así, corriendo día si, día no, aumentando poco a poco el tiempo porque de momento solo quería mejorar mi fondo y hacer algo de ejercicio aeróbico, llegué a correr 30 minutos del tirón. Y claro, me vine arriba, y no solo llegué una vez, sino también la siguiente, y la siguiente, y la siguiente. Y de pronto, en la última semana lo había hecho 4 veces, y la sensación de logro, de ir corriendo cada vez más rápido, más cómoda, de tener ganas de salir a correr y ver qué sensaciones tienes, me tenía totalmente enganchada. Pero para bien o para mal, creo que o mis treinta y todos, o mi exceso de emoción, o mi nula técnica se han aliado en mi contra y ahora mismo mi rodilla me tiene atada a la silla. 
Bueno, igual tengo que echarle menos literatura y pensar solo en que ha sido una sobrecarga por la emoción y la imprudencia, y que tengo que cuidar mis huesitos, que ya no estan para estos sobreentrenos. 
Así que estoy frustrada. Estoy construyendo una teoría que seguro que ya existe, pero que no tengo ganas de comprobar, -va a ser que llevo tanto tiempo online que la arrogancia sabelotodo que te quitan los años te la devuelve estar todo el rato colgada de Internet-, sobre el hecho de que las personas perfeccionistas y con un alto nivel de autoexigencia, en realidad solo somos personalidades obsesivas que aprendemos a canalizar nuestra conducta de un modo productivo. Así que decidnos que algo no se puede hacer, proponednos algo que solo dependa de nosotros, y estaremos encantados de probar que os equivocáis. En realidad, no soy cabezona, solo persistente, en realidad no soy obsesiva, solo constante. Esto es como escribir un curriculum (todo, siempre en positivo, como cuando te aprendías esa frase chorra para las entrevistas de trabajo de que tu peor defecto era tu perfeccionismo –juas, juas-). Así que aprendí a cocinar yo sola, a base de ponerme a ello, aprendí a usar la cámara, igual, y ahora estaba convirtiéndome en runner hasta que mi rodilla izquierda me empezó a hacer la puñeta sin ninguna consideración. 

Y esto puede ser el fin de mi incipiente carrera deportiva. 

No os imagináis el trauma que tengo ahora mismo. 


Porque, de verdad, estaba muy enganchada. 

Yo es que tengo otra teoría (hoy las traigo a pares) y es que ahora vamos a cambiar la lógica de los récords. Perdonad bonitos, pero eso de ser el más joven en hacer algo se va a acabar. Y no os lo digo porque a mí ya haga mucho que se me pasaron los años de ser la más joven en hacer cosas (que un poco también, porque si no, no te da por pensar estas cosas, la verdad). Simplemente, ya no hay mercado, dentro de nada no va haber recorrido para hacer cosas más jóvenes todavía. Pero para lo que hay un mercado en aumento es para los récords por arriba.
En un mundo en el que todos lo hacemos todo cuanto antes y en el que ya no nos impresiona nada,  lo que realmente será excepcional es hacer algo por primera vez a edades cada vez mayores. Correr una maratón con 14 años es un logro, (bueno, y a cualquier edad), pero correrla por primera vez, pongamos por caso, a los 70, lo es todavía más. Aprender un idioma tiene mérito. Pero hacerlo una vez que te jubilas y viajar para practicarlo, lo tiene todavía más.
En fin, igual el abrupto final al que se ha visto conducida por el momento mi carrera deportiva de aficionada senior me ha hecho pensar en que, después de que te han contado que a cierta edad las cosas ya no cambian, igual eso no es tan cierto, y una puede decidir que una leche, y que estar vivo es probar, y hacer cosas, sobre todo cuando te han dicho que no eres capaz de hacerlas, tengas la edad que tengas, cuando se trata de ponerte a prueba a tí mismo y dejarte de chorradas y ver de qué estás hecho. Y no, con esto no me refiero a lo de cambiar a tu santa por  una Barbie, ni a comprarte una moto que no sabes conducir (tuve un jefe en una empresa superguay que se la compró antes de tener el carnet y tuvo que devolverla porque su pasta no le pagó lo que su falta de habilidad no había conseguido ganarle). Me refiero a hacer. A ser. A estar vivo. 
Igual uno de estos días si la rodilla no mejora retomo mi carrera literaria. O abro un canal de youtube. O me decido a hacer un doctorado en ciencias. O aprendo música, o encuentro por fin una idea de negocio.
Estáis avisadas: Las lesiones no son buenas. Pero lesionarte porque lo has intentado sigue siendo el más saludable de los ejercicios. Así que dejad a los cínicos diciendo que sois demasiado mayores, demasiado ridículas para muchas cosas, y no os creáis que cuando uno se hace adulto ya no cambia, que un perro viejo no puede aprender trucos nuevos. Yo cualquier día de estos empiezo a ladrar. 
Bueno, con todas estas tremendas preocupaciones que me asaltan desde que estoy lesionada, era inevitable volver a caer en la tentación. Y la tentación para mí tiene una forma casi en exclusiva: chocolate. Negro. Amargo. Intenso.
Estas galletas son un chute de chocolate cuando más lo necesitas. Son fáciles, son rápidas, y son, simplemente, perfectas. Así que estés o no estés lesionada, cuando necesites un poco de buen chocolate, aquí tienes unas galletas que te subirán la moral, seguro.


 Galletas de puro chocolate

100 gramos de harina de repostería, y algo más para la superficie de trabajo
125 gramos de cacao en polvo
1 pizca de sal
1/8 cucharadita de canela
80 gramos de mantequilla
170 gramos de azúcar glas
1 huevo pequeño
½ cucharadita de extracto de vainilla

Tamiza la harina, el cacao, la sal y la canela en un bol. Pon la mantequilla a temperatura ambiente en otro bol con el azúcar glas y mézclalo con la batidora de varillas durante aproximadamente 3 minutos hasta tener una mezcla pálida y bien aireada. Añade el huevo y la vainilla y mezcla de nuevo. Añade gradualmente la mezcla de harina, cacao, sal y canela del otro bol hasta tener una masa. Envuélvela en plástico de cocina y lleva al frigorífico al menos una hora.
Precalienta el horno a 180 grados, y prepara una bandeja con una hoja de silicona o papel para horno. Haz bolitas con la masa  del tamaño de una cucharadita. Yo me pongo un par de gotas de aceite en las manos y trabajo la masa rápido para tener bolitas del mismo tamaño. Ponlas bien separadas en la bandeja, porque se extenderán en el horno y no queremos que se peguen.
Llévalas al horno unos 8 minutos. Retíralas con cuidado con una espátula de la bandeja y ponlas a enfriar en una rejilla hasta que estén completamente frías.

 



RECIPE 
 
You will find below the recipe  in English. 
For full story and more photos, go to my blog in English: The slim duck 

Pure chocolate cookies
100 grams of plain flour
125 grams of cocoa powder
1 pinch of salt
1/8 teaspoon cinnamon
80 grams of butter
170 grams icing sugar
1 small egg
½ teaspoon vanilla extract
                                                                          
Sift the flour, cocoa, salt and cinnamon in a bowl. Put the softened butter in another bowl with the icing sugar and mix with a wire whisk for about 3 minutes until pale and foamy. Add the egg and vanilla and mix again. Gradually add the flour, cocoa, salt and cinnamon mixture until you have a dough. Wrap in kitchen plastic and put into the refrigerator at least one hour.
Preheat oven to 180 degrees and prepare a tray with a silicone sheet or baking paper. Make small balls of the size of a teaspoon. I put a couple of drops of oil in my hands and work the dough quickly into balls of a similar size. Put them in the tray well apart because they will spread in the oven and we do not want to stick.
Take them to the oven for about 8 minutes. Remove them carefully with a spatula while still hot, and place them in the tray to cool on wire rack until completely cool.

30 septiembre 2014

Ensalada de gambas salteadas, manzana verde y fresas

El viernes en el trabajo hicimos una "coffee morning": Una de esas cosas que al jefe supremo se le ocurren para que los distintos equipos interaccionemos un poco, porque si no nos pasaríamos meses sin vernos. La verdad es que el primer café colectivo tiene su aquel, pero después de unos cuantos la cosa pierde bastante gracia, sobre todo cuando al autor intelectual del asunto no se le vuelve a ver el pelo y ahora los demás estamos disfrutando de esos momentos extraños frente a la máquina del café, con gente de otros departamentos que no sabes ni como se llaman. Así que, al final, aquí estamos, reuniéndonos en estos cafés, para acabar haciendo grupo con los propios compañeros, pero en otra sala. 

Sin embargo, habiendo dicho esto, lo cierto es que el café del viernes nos invitaba a hornear por una buena causa. Aquí también es muy normal hacer ese tipo de eventos. Un día determinado se hace algo así y se pide a la gente que aporte lo que quiera o pueda a cambio del café y los bollos (o las tartas, scones, trufas… y añade lo que quieras) que hemos cocinado, para una causa concreta. De hecho, ni siquiera era solo cosa nuestra. La ONG contra el cáncer para la que hicimos el café el viernes había lanzado una campaña en todo el país, como una forma de recaudar fondos.

Yo no llevo demasiado bien lo de hornear entre semana, porque la verdad es que no me da la vida, pero las cosas vinieron así, y había que estar a la altura, así que me puse a preparar algo el jueves por la noche, y, -lo que suele pasar-, todo el mundo había decidido hacer algo dulce, con lo que yo opté por preparar  la focaccia de aceitunas negras y albahaca que he hecho muchas veces (y que me encanta hacer y comer).


Y el resultado fue que la volveré a repetir mil veces, porque  ahora ya no es que me guste solo a mí: ha pasado sobradamente el test experto. En mayo empezó a trabajar conmigo un compañero italiano. Y cuando el viernes probó la focaccia debo decir que me encogí un poco esperando su reacción.  Pero cuando no solo me dijo un montón de veces que le había encantado, sino que repitió dos veces, la mamma italiana que llevo dentro se puso toda orgullosa de su mano horneando, y a punto estuve de empezar a mover las manos y a hablar en italiano. No, bromas aparte, es como si a alguien se le hubiera ocurrido llevar una tortilla de patatas.

Como la receta la tenéis a mano, solo os puedo recomendar que la probéis cuando tengáis tiempo. Es sencilla, de verdad, solo necesitáis algo de tiempo porque los levados son largos. Pero merece mucho la pena.

Por lo demás, ya habéis visto que últimamente estoy venga a hornear como una loca, así que ya iba siendo hora de volver a preparar algo ligero y fresquito. Aquí os dejo esta ensalada para la que no os hace falta ni receta, basta con ver la foto. Y como la hice hace un tiempo, igual ya no encuentras fresas. En su lugar, prueba a ponerle frambuesas o pomelo, o naranja, por aquello del toque ligeramente ácido. Funcionará también muy bien. 

Espero que la disfrutéis.





Ensalada de gambas salteadas, manzana verde y fresas

Ingredientes
100 gramos de gambas (frescas o congeladas, como quieras/puedas)
1 diente de ajo
1 guindilla
1 manzana Granny Smith (verde y ácida)
50 gramos de fresas
Pimienta rosa
unas hojas de de perejil fresco
Medio limón
Aceite
Vinagre
Sal


Preparación

Corta la manzana en rodajas y ponla en un bol con agua y el zumo de medio limón. Esto hará que no se oscurezca mientras le añades un toque de limón que le va muy bien a esta ensalada. Corta las fresas en láminas y reserva. Pon un poco de aceite en la sartén  y saltea el ajo y la guindilla a fuego medio, evitando que se quemen. Añade las gambas peladas y saltea justo hasta que pierdan su color crudo (yo desecho el ajo y la guindilla). Reparte las láminas de manzana y fresa en los platos, sirve encima las gambas salteadas, y aliña con una vinagreta con 3 partes de aceite por 1 de vinagre. Termina con un poco de perejil y unos golpes de pimienta rosa.


23 septiembre 2014

Brioche


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La vuelta a la normalidad después del verano ha sido de todo, menos normal. Ya sabía que septiembre iba a ser un mes complicado en lo laboral. Seguramente complicado no es la palabra, sino, simplemente cargado de trabajo. Una de esas temporadas en las que parece que todo el mundo se pone de acuerdo para pedírtelo todo para antes de ayer, en las que trabajar el fin de semana y por las noches se vuelve lo normal. Y aunque lo sabía, la sensación de estar desbordada no se me pasa. La verdad es que no es una queja. El trabajo en sí me encanta, me lo paso tan bien que no me importan estos picos locos de vez en cuando. Pero lo que de verdad he llevado peor es la falta de tiempo para poder cocinar y planificar un poco más, sobre todo durante el fin de semana. Tengo tanto mono que lo que me apetece es que llegue el momento de poder ponerme a hacer repostería como una loca, simplemente para poder disfrutar, tranquilamente, de las masas levadas, del olor a vainilla,  a canela, de ver cómo la masa reposa y crece y vuelve a crecer en el horno y la casa se llena de un olor delicioso. 
Desde que empecé a cocinar,  la repostería y, particularmente, las masas levadas han sido las cosas que más satisfacciones me han dado. Me encanta, me encanta, me encanta cada vez. Me sigue pareciendo mágico cómo, de unos cuantos ingredientes sencillos se puede llegar a auténticas maravillas como este brioche de hoy. Y no, no he tenido todavía demasiado tiempo, así que lo que estoy haciendo últimamente es dejar las masas a levar por la noche en la nevera, de manera que por la mañana solo hay que darles forma y dejarlas levar otro poco para poder llegar al resultado final.

Supongo que en esta fiebre que me ha dado últimamente por la repostería también tiene algo que ver que el UK estamos en medio del programa "Great British Bake Off". Cada miércoles, desde hace 6 semanas seguimos las aventuras de un grupo de reposteros aficionados y aunque no necesitaba casi nada para tener tantas ganas de encender el horno y probar cosas nuevas, la verdad es que lo de ver cada miércoles a una panda de locos de la repostería encerrados en una carpa en medio del campo, haciendo tres recetas por programa, tiene su gracia, y hace que llegue al sábado cargada de ganas de poner en práctica una o dos cosas, por lo menos. 
También me está pasando que nunca me ha vuelto loca hacer grandes tartas. Prefiero las galletas, los bollitos, las versiones individuales. Para mí tienen todas las ventajas posibles y (casi) ninguna de las desventajas. Primero, que se hornean mucho más rápido que las versiones grandes, y la idea de tener en tus manos un brioche recién salido del horno, apenas empieza a llenarse toda la casa de un olor inconfundible, es totalmente irresistible. Pero es que además, así es mucho más sencillo evitar comer más de la cuenta; se pueden congelar y ya tienes las porciones del tamaño adecuado -y nadie discute por tener el trozo más grande. Así que como ahora de lunes a viernes tengo que ir a toda velocidad y apenas me da tiempo a hacer nada divertido o interesante en la cocina, o a tener tiempo siquiera de pensar qué me apetece, cuando llega el fin de semana me desquito haciendo estas pequeñas fiestas. Lo malo es que ya llevo un par de ellas en las que he dejado la masa reposando por la noche y la he horneado al levantarnos. Y digo lo malo porque estos desayunos de sábado legendarios seguro que se nos quedarán en la memoria a toda la familia, pero no hay manera de que quede ni una miga a la que hacer una foto. Bueno, a veces me dejan usar el móvil y a lo mejor hasta llegáis a ver un poco en twitter (https://twitter.com/Tengo1horno/status/510711898250444801). Lo normal es que la vida, ahora mismo, se imponga y el poco tiempo para disfrutar de mis desayunos pantagruélicos de fin de semana se lo dedique a hacernos unas risas perezosas y contarnos todas esas tonterías que entre semana no podemos decirnos, a reírnos por cualquier cosa y a disfrutar de tener dos días por delante, enteros a estrenar para disfrutar de poder estar juntos. No sé vosotros, pero yo debo de estar haciéndome muy mayor, y soy cada vez más consciente de que el tiempo pasa tan rápido que no tengo ganas de perderme estos ratos. Antes de darme cuenta tendré dos adolescentes enfrente de mí, preocupadas por otras cosas, angustiadas por otras cosas. Antes de darme cuenta todos estaremos en otras historias y todo será diferente. Ahora tengo un par de niñas lo suficientemente mayores para no tener que estar cada minuto encima de ellas, pero lo suficientemente pequeñas para que la casa sea aún su pequeño reino. Y lo suficientemente felices para que cada mañana ese par de sonrisas con las que se enfrentan al mundo me recuerden que las prisas, el trabajo, las obligaciones, tienen sentido cuando la casa entera se ilumina con sus voces infantiles, o con sus gritos al pelearse como buenas hermanas, que también los hay. Así que dejadme que me quede un poco de eso para mí, no por nada, sino porque no puedo perderme esto, y disculpad si no puedo compartir tan a menudo esas recetas de fin de semana.
Mientras, os dejo una receta del que para mi es uno de los mejores brioches que he probado. Yo lo preparo por la noche, dejo la masa levar en el frigorífico y le doy forma y lo horneo por la mañana. Si tenéis tiempo, podéis hacerlo todo de una vez, simplemente dejad que la masa doble su volumen en el primer levado, lo que dependerá de la temperatura y humedad de donde la dejéis reposar, y después podréis seguir el resto de la receta tal como aparece aquí. 
Buen provecho!





Brioche

Ingredientes (para unos 6 brioches individuales)

100 ml de leche tibia
10 gramos de levadura fresca de panadería
2 huevos medianos
70 gramos de azúcar
60 gramos de mantequilla
1 cucharadita de extracto de vainilla (5 ml)
3 gramos de sal
175 gramos de harina de fuerza
175 gramos de harina de repostería

1 huevo batido  para pintar la superficie


Preparación

Si utilizas la panificadora, disuelve la levadura en la leche y pon los ingredientes en la cubeta en el orden en el que se indican. Haz un amasado de unos 15 minutos, y deja la masa en un bol, pintado con unas gotas de aceite. Cubre con plástico de cocina y deja en la nevera toda la noche.  Alternativamente, puedes amasar los ingredientes, mejor con un robot de cocina o una amasadora eléctrica hasta que la masa adquiera consistencia. Deja reposar la masa y lleva al frigorífico, o deja levar a temperatura ambiente hasta que la masa haya doblado su volumen (lo que dependerá de la temperatura y la humedad de la habitación donde estés, así que puede ser de 45 minutos a 2 horas).
Una vez la masa ha doblado su volumen, amásala ligeramente sobre una superficie de trabajo enharinada. No trabajes demasiado la masa, simplemente se trata de quitarle el exceso de aire. Divídela en seis porciones grandes  y otras seis mas pequeñas. Necesitarás hacer un cilindro largo con las largas, y cerrarlo, como una rosquilla. Ponlo en un molde de brioche o en una flanera acanalada individual, ligeramente pintada con aceite o mantequilla. Pon encima una bolita pequeña  y presiona ligeramente para que la masa no se caiga al hornearla. Repite hasta terminar todos los moldes. Deja levar de nuevo entre una y dos horas, hasta que doble de nuevo su volumen. Precalienta el horno a 180 grados, y pinta con el huevo batido sin ejercer presión sobre la masa. lleva al horno unos 16 minutos. Sirve tibio.



RECIPE

For full story, see my blog in English: The Slim Duck.

Brioche

Ingredients

100 ml of warm milk 

1 sachet of bread dried yeast (7 grams)
2 medium eggs
70 grams of sugar
60 grams of butter
1 teaspoon vanilla extract (5 ml)
3 grams of salt
175 grams of strong bread flour
175 grams of plain flour  
1 egg beaten to paint the brioche prior to put it in the oven

Preparation


If you use the bread maker, put the ingredients into it in the order they appear in the list. Use the 15 minutes kneading program, and put the dough in a bowl, painted with a few drops of oil. Cover with plastic wrap and leave in the fridge overnight. Alternatively, you can knead the ingredients, better with a food processor or electric mixer, until the mixture acquires consistency. Put the dough into the fridge, or leave it at room temperature until the dough has doubled in volume (which depends on the temperature and humidity of the room where you are, so it could be anything from 45 minutes to 2 hours).

Once the dough has doubled in size, knead it slightly on a lightly floured surface. Do not overwork the dough; you only need to remove the excess of air. Divide it into six large portions and six more small ones. Make a long cylinder with one of the large pieces, and close, like a donut. Put it inside a brioche mold or in an individual ramekin fluted, slightly painted with oil or butter. Top with one of the small balls and press lightly so the dough does not fall during baking. Repeat until you have finish all the molds. Leave them rest between one and two hours, until doubled in volume again. Preheat oven to 180 degrees, and paint with the beaten egg without exerting pressure on the dough. Put in the oven for about 16 minutes, until golden brown. Serve warm.