27 abril 2015

Berenjenas con crema picante de yogur y limón

Este plato no es ni siquiera un plato. Estas berenjenas son una de esas cosas que una hace cuando ha estado un rato ojeando un libro de Yotam Ottolenghi y quiere cocinar a su estilo pero sin seguir una receta. 
A mí me gustaba Yotam Ottolenghi cuando vivía en España y sólo conocía un par de sus libros. Pero fue mudarme aquí y verlo en algun programa en la tele, y en el periodico y seguirle en twitter, y... desapareció la magia. 
Lo sé, el pobre Yotam tendrá el corazón partido cuando lea esto, pero en mi ingenuidad absoluta a pesar de mis años, me gustaba cuando pensaba que me lo podía creer. 
Lo que me pasaba, supongo, es que yo no sabía que este señor es otro cocinero estrella (celebrity chef los llaman aquí). Es una marca, es un negocio, del que yo apenas había visto un par de cosas. 
No os he hablado lo suficiente de la industria de los canales de cocina, de los programas de cocina fuera de los canales de cocina, de los concursos de cocina, de las marcas con productos de todo tipo que se asocian al chef televisivo de turno. Si os parece que en España la gente se hace un plato precocinado para sentarse a ver un programa de cocina (una frase del Guardian que El Pais traduce literalmente sin citar, pero no nos pongamos tampoco estupendos), no os queráis imaginar lo que es aquí. 
Todo lo que tiene que ver con la gastronomía y la alimentación está envuelto en el mejor marketing que os podáis imaginar. Y os aseguro que ese marketing es bueno. Este es uno de los mercados más competitivos del mundo, así que no hay sitio para fallos. 
Seguro que os suena al menos de haberlo visto por Internet un programa que se llama el "Great British Bake Off". En el peor de los casos, si no os suena de nada, este es el programa en el que se basó  "Deja sitio para el postre" (vamos que la fórmula funcionaba y ya es una franquicia) . Pues bien, EL GBBO (aquí es que lo de las siglas es una enfermedad de lo más contagioso) empezó siendo un programa de relleno en el segundo canal de la BBC un verano que andaban flojos de programación. Los primeros sorprendidos fueron los productores y la misma cadena, porque esa primera serie tuvo bastante más éxito del que esperaban y ahora, cuatro años después, los ganadores son pequeñas estrellas en el firmamento de los celebrity-chefs, tienen sus libros, sus colaboraciones en medios de comunicación, y el programa se emite en horario de máxima audiencia, ahora ya en BBC1 y es responsable de la fiebre repostera que afecta seriamente a este país. Toda esta larga historia viene a que uno de los finalistas de este año declaró haber evitado presentarse el año anterior porque quería estar preparado. Estuvo un año entero practicando y preparando sus creaciones antes de enviar su solicitud, entrar en el programa, y llegar hasta la final. 
Ese es el perfil. Ese es el planteamiento. Así que si un simple aficionado a la repostería con hambre de fama se prepara de esa manera os podéis hacer una idea de lo que queda de creíble y de genuino en todos estos tipos cada vez que se asoman a la pantalla. 
Desde que estoy aquí apenas he comprado libros de cocina. Y os lo dice una adicta confesa al tema. 
Apenas lo he hecho porque cada vez me interesan menos. Todo lo que veo es un envoltorio maravilloso, un trabajo de diseño gráfico, de fotografía (vale, confieso que los pocos que he comprado ha sido por eso) muy pulido y muy profesional, pero también muy idéntico a sí mismo en todas las editoriales (tienen su público y lo saben, le dan lo que saben que vende, y suele ser más de lo mismo, pero es natural, ese es su negocio) pero nada de cocina. Ni técnica, ni imaginación, ni atrevimiento, ni descaro, ni nada de nada, vaya. 
Esa pequeña decepción con Yotam Ottolenghi (que a veces creo que está crionizado, como Disney, y lo sacan para hacer y decir siempre lo mismo) me pasó mucho, mucho antes con Jamie Oliver. 
Yo me encontré con Jaimie justo en su primera serie de televisión. Estaba de viaje de trabajo en Londres, y recuerdo haber encendido la tele al llegar al hotel después  de un día agotador sin más intención que elegir con qué programa dormirme. Y de pronto me encontré con un chaval que cocinaba como un guarro, metiendo las manos en todo, sin técnica, sin lógica, pero con todo el encanto y el atrevimiento que te dan los pocos años y saber que esa es la oportunidad de tu vida. Cuando al día siguiente compré su libro en el aeropuerto, pensé en lo distinto a todo lo que había visto antes que era este chico (os hablo como de hace casi 15 años, que ya llevo horas de vuelo), y lo que me había gustado su programa. Luego le fui siguiendo intermitentemente. -Os recuerdo que hubo un mundo antes de internet en el que You Tube no existía-. Lo poco que le había ido viendo no me convencía como cocinero, así que su primer libro en mi biblioteca de cocina y el recuerdo de aquel primer programa era casi todo lo que quedaba en mi cabeza del monstruo mediático que es ahora. 
Cuando me mudé aquí y vi uno de sus nuevos programas en la tele la sensación fue bastante desagradable. Fue como volver a ver a un amigo de instituto (calculo que debemos ser de edades parecidas) al que le han caído todos los años encima. Y de pronto se ha hecho un señor mayor. Tú sigues viendo en tu cabeza al chaval divertido y lleno de encanto, pero la realidad te está imponiendo  a un señor con una mueca que te quiere vender algo que no se cree ni él mismo.
Sí, soy una ingenua y una sentimental, qué le voy a hacer.  (inserta aquí un suspiro largo y sonoro). 
Así que igual me quedo también con la idea original que me formé de Yotam Ottolenghi en lugar de lo que luego resultó ser, y uso sus omnipresentes berenjenas y su estilo en lugar de sus recetas originales para hacer una receta fresca y fácil.  

Yo tengo que decir que las berenjenas me encantan, de todas, absolutamente todas las maneras. Estas de hoy solo con una salsa de yogur y limón ligeramente picante son una delicia. 



Berenjenas con crema picante de yogur, limón y menta.

2 berenjenas
2 dientes de ajo
4 cucharadas soperas de aceite de oliva extra virgen
Un buen manojo de perejil fresco
1 yogur griego natural
Zumo de medio limón mediano
Un chile fresco
Sal marina

Preparación
Lava las berenjenas y ábrelas por la mitad longitudinalmente. Haz unos cortes en la pulpa con la punta del cuchillo. Sala las berenjenas ligeramente y déjalas boca abajo, aproximadamente una hora, en un colador grande para que suelten su agua. En una sartén grande, calienta 3 cucharadas de aceite y pon las berenjenas con la carne tocando la sartén. Deja que se hagan a fuego medio-bajo durante una media hora. Una vez tiernas, colócalas en una fuente apta para horno, boca arriba, espolvorea con el ajo y perejil picado. Rocía con un chorrito de aceite de oliva y lleva al horno, a gratinar, unos 15 a 20 minutos.
Prepara una salsa mezclando el yogur griego con un diente de ajo picado, el chile y el zumon de limón. Salpimenta, y sirve con perejil y un chorrito de aceite de oliva junto con las berenjenas.


Notas: Yo solía salar las berenjenas y dejarlas expulsar su agua, porque se supone que este paso es necesario para que no amarguen. Si no tienes tiempo o ganas y te lo saltas, te aseguro que no va a pasar nada. Yo ya no lo hago a menos que tenga mucho tiempo, porque no hay diferencia, la verdad.
Si quieres reducir el aceite al freírlas, añade el justo para que no se peguen y luego ve añadiendo el agua que necesiten para no pegarse al fondo, cucharada a cucharada.

24 marzo 2015

Rollitos de canela estilo americano - Sticky cinnamon buns - y 5 años de blog




Todas las que hayáis tenido que cambiar de ciudad (y sobre todo de país)  entenderéis perfectamente esto. Hay un par de cosas que son una tortura cada vez que haces una mudanza. Más allá del empujón inicial, una vez instalada, yo siempre tengo que enfrentarme -con una suerte desigual, todo hay que decirlo- a esas pequeñas cosas del día a día que parecen una frivolidad pero que son un auténtico fastidio. Para mí hay dos cosas básicas en esta categoría:
Uno: encontrar peluquería
Dos: manejarte con las tiendas de ropa.

Y no, no os confundáis. Si las dos cosas son un problema no es porque para mí un día ideal sea ir de tiendas y terminar dándome un capricho en la peluquería. Más bien, todo lo contrario. Lo creáis o no, yo soy de esa clase de mujeres para las que ir de compras no es un pasatiempo, sino una obligación. Así que cuando no eres demasiado fan de ninguna de las dos cosas, pero tienes que hacerlas y el resto del mundo es testigo de tu dudosa habilidad para ambas, lo de estar teniendo que empezar de cero cada vez es una pequeña tortura. 
Sí, claro que parece una frivolidad, pero cuando tienes un pelo mediterráneo (grueso, ondulado y con volumen) que no todos los peluqueros saben manejar, imagínate lo difícil que es encontrar a tu nuevo Rupert en cada nuevo sitio.
De todos modos, lo mío es de nota, porque incluso cuando no era yo la que se movía, se me mudaban los peluqueros. En Palma hubo un chico que consiguió que las visitas a la peluquería no fueran un disgusto seguro, sino que hasta me gustase (cosa bastante improbable, porque no cualquier peluquero ha estado a la altura de mi melenaza, -ahí lo dejo). Para cuando ya nos habíamos acostumbrado el uno al otro, me partió el corazoncito al decirme que se mudaba a Ibiza. Los años siguientes fueron un cambio de peluquería de nombre en peluquería de nombre, hasta que me harté de pagar el nombre de franquicias en las que me cobraban una pasta por un servicio digamos que mejorable, por aquello de no hacer sangre, y terminé probando las peluquerías de barrio que tampoco eran tan diferentes.
Pero entonces tenía un pelo largo que podía aguantar mejor según qué desastres. Ahora tengo otra vez el pelo muy corto. Y no puedo evitar necesitar a mi Rupert más a menudo. Y eso no es tarea fácil. De momento aquí estoy haciendo otra vez la ruta de las peluquerías más o menos conocidas, porque me impone acabar teniendo que llevar gorro durante semanas. Pero to be honest, como dicen por aquí, no estoy nada convencida. Solo espero que mi Rupert esté por ahí, en alguna parte, esperando a que lo encuentre y así poder dejar de agobiarme cada vez que me toca cortarme el pelo.


Como podéis ver, la cosa tiene bastante poca gracia. Pero además, está la segunda parte. No sé si os pasa a vosotras, pero para mí lo de volver a encontrar los sitios en los que comprar ropa cada vez que me mudo me fastidia también bastante. Cuando no eres fan de ir de compras lo más probable es que evites hacerlo hasta que ya no queda más remedio: es decir, cuando necesitas algo porque literalmente te hace falta. Y no, no me refiero al tópico “no tengo qué ponerme”. Me refiero a tener que reponer vestuario desesperadamente porque lo has estado evitando más tiempo del que tú misma sabes que es razonable. Pero es que yo me paso el día en una oficina que no tiene tiendas cerca (es decir, no puedo irme a mirar escaparates en la hora de la comida ni nada parecido), y cuando no estoy trabajando se me ocurren mil otras cosas que hacer antes que ir de compras. Así que os podéis imaginar que cuando voy, a la segunda tienda en la que me pruebo algo ya me satura, me canso, me aburro, me convenzo de que es un rollo y vuelvo a casa con los mismos pantalones negros que tenía que jubilar. Así que si eso me pasaba donde más o menos controlaba las tiendas y las marcas en las que al menos podía encontrar mis habituales, imaginad mi frustración cuando aquí tuve que empezar de nuevo. Un rollo mortal que sigo sin tener resuelto. Sí, lo de Internet está muy bien, pero me sigue haciendo falta probar la ropa para hacerme una idea.
No os podéis imaginar el disgusto que tengo desde que la única tienda de Zara que había en Belfast está cerrada por reformas. Os sonará a chiste, pero cuando no tienes pasión por la ropa, Zara es ese territorio familiar y conocido que te asegura que al menos encontrarás tus habituales. Y llevan desde enero de reformas. Y yo estoy huérfana de verdad. No os podéis imaginar el disgusto que tengo. Seriously, people.

Así que para quitarme el sofocón, mejor mirar atrás y recordar que hace así como 5 años que empecé este blog. Ha pasado no sólo mucho tiempo, sino también muchas cosas. En el blog, en mi vida, en mi trabajo, en Internet, en el panorama de blogs de cocina, en mi propio interés por la gastronomía y la cocina, en mi propia dedicación al blog.
Pero supongo que de alguna manera el haber llegado hasta aquí no deja de ser motivo de celebración. Mola mirar atrás y ver lo que  he hecho y lo que he aprendido, y ver cada foto y cada receta y cada comentario y recordar el momento exacto, lo que aprendí, lo que me hubiera gustado hacer de otra forma, lo que está bien, lo que me encanta. No sé si habrá un sexto año, pero los rituales tienen magia y no soy quién para quitársela a este momento.
En los últimos años había vuelto a repetir la misma receta con motivo del cumpleaños del blog. Pero como todo en este blog, nada está escrito en piedra, nada es definitivo ni rígido, ni imposible de cambiar. Así que en lugar de los pulla de canela que fueron mi primera receta y a la que me ha gustado volver cada vez que el blog ha cumplido un año, hoy he preparado otra alternativa a esta receta. Si he repetido tanto los bollitos de canela es porque a mi beta tester le encantan. No los hago solo para el blog. Es una de las recetas que más se repite en casa, porque es lo primero que me dice para acompañar un café cuando hace unas semanas que no preparo nada.  He probado muchas variaciones y muchas recetas intentando mejorar la receta original. Ya sabéis que me aburro si siempre hago lo mismo, qué le voy a hacer. Pero estoy considerando seriamente dejar de hacer pruebas con esto, porque él mismo me dijo en algún momento: “en serio, que la receta original no tiene ningún problema, si a mí es la que más me gusta….”
Esta de hoy me gusta porque los bollitos quedan algo húmedos y jugosos, y el resultado es más que bueno. No, no son bollitos de canela finlandeses. En este caso, son bollitos de canela tipo americano. Pero también están ricos y me apetecía tener esta receta también aquí en el blog.
No tengo ni idea de lo que me va a traer el nuevo año del blog, pero quién sabe, igual uno de estos días puedo pasarle esta receta a mi nuevo Rupert, si lo encuentro y es goloso.
Feliz año.


Bollitos de canela (para unas 12 – 15 unidades)

450 gramos de harina de fuerza
50 gramos de azúcar
85 gramos de mantequilla
7 gramos de levadura de panadería seca (1 paquetito)
2 huevos batidos
150 ml de leche entera
Aceite de girasol para pintar el molde

Para el relleno
50 gramos de mantequilla
2 cucharaditas colmadas de canela
85 gramos de azúcar moreno
1 huevo batido para pintarlos antes de hornear


Pon la harina, azúcar y 1 cucharadita de sal en un bol. Añade la mantequilla en trocitos y mezcla con las manos hasta conseguir una textura como de pan rallado. Añade la levadura y los huevos batidos. Añade la leche y mezcla bien hasta obtener una masa suave (es posible que tengas que añadir algo más de leche). Bate con el gancho amasador de la batidora unos 7 minutos, o amasa a mano unos 15 minutos, hasta que la masa esté  suave y lisa. Pinta con aceite la base de un bol y deja reposar la masa cubierta de film de cocina o con un paño de cocina. Deja levar en un sitio cálido durante una hora o hasta que haya doblado su tamaño.
Una vez haya levado la masa, amasa ligeramente para quitarle el exceso de aire y extiéndela en un rectángulo trabajándola con un rodillo.
Funde la mantequilla, pinta la masa con la mantequilla derretida y espolvoréala con la mezcla de canela y azúcar moreno, repartiendo bien por toda la superficie. Si quieres, puedes añadir unas nueces u otro fruto seco al relleno. Yo prefiero los rollitos clásicos, sin frutos secos.
Enrolla la masa como si hicieras un brazo de gitano, intentando conseguir un rollo lo más apretado que puedas. Corta el rollo en piezas de tamaño similar.
Lleva los bollitos a una fuente apta para horno pintada con mantequilla. Pon los rollitos en ella, teniendo en cuenta que crecerán mucho.
Déjalos de nuevo a levar, al menos otra media hora.
Píntalos con el huevo batido una vez hayan levado (si quieres, puedes espolvorear algo más de azúcar moreno por encima) y llévalos al horno a 180º durante 30 minutos.



20 febrero 2015

Profiteroles clásicos con nata montada y ganache de chocolate amargo



 
Esta entrada no es una receta ligera, ni rápida, ni sencilla, ni te sacará de un apuro llegado el caso. Es decir, esta no es el tipo de receta  que normalmente encontrarías en el blog. 
Pero es que este blog tampoco es lo que normalmente era. Para bien o para mal, yo no me paro, mi vida ha cambiado, y el blog también. El blog empezó en un momento en el que yo estaba particularmente insatisfecha a nivel profesional, y fue la forma de canalizar un proyecto personal y creativo, que me permitió aprender nuevas cosas y dedicar mi energía a algo que personalmente me resultaba interesante. Luego con el tiempo se fue moldeando en distintas direcciones. Ha habido mucho tiempo y muchas direcciones desde entonces. Pero el blog nunca ha sido nada más que un hobby. Un hobby que me ha dado muchas satisfacciones, pero un hobby al fin y al cabo. Y en los últimos meses mis prioridades, mis necesidades y el tiempo que tengo para ellas han cambiado. Han cambiado mucho. 
El blog ha ido perdiendo importancia, ha ido dejando de ser una parte importante de mi vida y se ha ido quedando relegado a una actividad casi residual. 
Esto no es una justificación, no necesito justificarme en absoluto. Es una explicación. Solo intento explicar que esto no es mi negocio, que mi ego no necesita continuamente una corte que lo jalee, y que la vida da para lo que da y el mejor uso del tiempo en unas épocas no es el mismo que en otras. Cuando he tenido tiempo, ganas y energías para ponerlas aquí y compartir contenidos, recetas, fotos, historias, lo he hecho. Ahora eso pasa menos, pasa de otra manera. Y ya está.
Ahora no tengo tiempo, apenas energías y mis motivaciones son muy distintas a las que fueron en otros momentos, así que necesariamente tenía que ser distinto. 
Y ese ser distinto tiene un único aspecto importante. Aunque no haya publicado, he seguido cocinando. De hecho, he cocinado más y más en el día a día. Pero no he cocinado para el blog, sino para mí, para mi familia. 
También se ha hecho evidente que con el tiempo las expectativas de lo que podía o no podía publicar en el blog habían cambiado, y habían crecido hasta tal punto que  las cosas se habían vuelto bastante ridículas. Y la verdad, no tengo ganas ni energías para darle tantas vueltas a algo que hago simplemente por el puro gusto de hacerlo. Que si la receta tenía que ser original, que si sana, que si rápida, que si la foto tenía que ser de una manera o de otra, que si no tenía luz….


Hace poco me di cuenta de que hay muchas cosas que no había publicado en el blog pero que me apetecía tener aquí. Jamás he sido capaz de retener una receta en la cabeza. Las cantidades me bailan, se mezclan, y nunca me fio de mi propia memoria. Me temo que inconscientemente, tengo un espacio tan limitado en mi cerebro para estas cosas que sé que la receta siempre estará mejor, más segura, más invariable, en la fuente original. Así que hay algunas recetas que hago en casa con cierta frecuencia -pero no tanta como para no necesitar la receta exacta-, que no me parecían interesantes para el blog. Y ahora me parece ridículo no haberlas publicado. Este blog empezó, también, como mi cuaderno de recetas. No tiene sentido que cosas como la empanada que hago de tanto en tanto, o las crepes, u otras cosas que he probado con distintas combinaciones hasta encontrar la receta que a mí me gusta, no estén en el blog. Sobre todo ahora, que cada vez me resulta más incómodo tener que buscar una receta en un libro o una revista cuando la necesito. No hace falta que las recetas sean mías para publicarlas, no necesito ningún control de calidad de nada. Este es mi espacio y ahora quiero que sea útil para mí. Ahora cada vez más uso mi tablet en la cocina, ahora quiero tener aquí las recetas que yo quiero.  

Así que si para cuando repita estas recetas estoy de humor y puedo hacerles fotos, irán apareciendo poco a poco en el futuro.
Además, hay otra cosa que quería hacer y acabo de empezar.  No sé si tendré tiempo y capacidad para que sea algo continuo, o no; aunque a decir verdad, tampoco me importa hasta dónde llegue. Lo cierto es que tenía muchas ganas de aprender de repostería y estoy empezando a hacerlo. Ahora tengo mucha más gente encantada de probar lo que preparo (léase, los compañeros de trabajo de J., que son muchos), así que no necesito castigar a mi familia con dulces y repostería a porrillo. 
Tenía ganas, muchas ganas de aprender técnicas distintas, y de tener un recetario de repostería que supiera que era ese al que siempre podría volver y que siempre iba a funcionar. Además, ahora mis hijas son algo mayores, tengo una cocina más amplia, y a lo mejor –solo a lo mejor- puedo empezar a hacer cosas que exijan más tiempo, más pasos intermedios sin interrupciones. Así que quiero darle un repaso a las técnicas básicas de repostería y anotar aquí las recetas que quiero tener a mano, sean de la fuente que sean y tenerlas todas anotadas y accesibles para cuando me apetezca, sin tener que preocuparme de nada más. 
Hay un par de recetas de bizcochos que me encantan, un brownie que es maravilloso, unas crepes que siempre hago, la receta de masa quebrada que siempre sale, la ganache de chocolate que más me gusta, y quiero probar y aprender muchas más cosas, he probado a hacer canutillos, y tengo ganas de manejarme con técnicas de pastelería y repostería que hasta ahora no había probado. Eso sí, de momento, sigo sin verme trabajando fondant, jugando con glasas de colores y cremas de mantequilla. Pero eso es por el momento. Quien sabe, igual con el tiempo también eso me interesa -aunque ahora mismo no soy capaz de imaginármelo-.

 
La primera de estas recetas básicas es esta receta de profiteroles. En realidad, lo de menos es esta receta como aparece hoy. Lo que yo quería era tener una receta de masa choux a prueba de torpes como yo, que pueda usar luego para hacer todas las preparaciones que yo quiera. (y no, lo de la croquembouche sigo sin verlo, pero no descarto hacer alguna vez profiteroles de chocolate con mousse de maracuyá y glaseados de tofe con sal Maldon, por decir algo que me apetece ahora mismo). Y después de probar un par de recetas que no funcionaron, la que me ha dado un resultado espectacular ha sido, como no podía ser de otra manera, la de Esther Sánchez, de Chocolatísimo, que además de pastelera profesional hace unos videos que son geniales para hacerte una idea de las texturas de las masas, de cómo hay que trabajarlas, etc. No pretendo reemplazar para nada su receta, y de hecho, te recomiendo que veas su video, porque seguro que te haces una mucha mejor idea viéndolo que con la receta como yo la pongo aquí, pero como la idea es tener en un mismo sitio todas las recetas, quería ponerla aquí con un cambio mínimo.
Otro detalle es que acabo de auto regalarme una Kitchen Aid y a lo mejor –y solo a lo mejor- eso ha tenido algo que ver con la fiebre repostera que me ha dado últimamente. 
Como estoy aprendiendo también a utilizarla, necesito apuntar en alguna parte cosas tan sencillas como los tiempos para montar la nata. Porque es algo que antes hacia con la batidora y a ojo, pero ahora quiero saber y recordar como he conseguido los mejores resultados. 
Para la ganache he recurrido a uno de mis libros favoritos: Chocolate, de Julie Andrieu. No hay nada en este libro que no me guste, no me canso de recomendarlo a cualquier amante del chocolate que se precie, es uno de los primeros libros que compre al poco de empezar con el blog, y de los que he hecho más recetas que no me han fallado nunca.  Así que siempre esta en mi cocina, pero también en este caso tenía ganas de tenerla aquí, así que Julie, deja que use tu receta (con ligeros cambios) y que aparezca aquí.
Con la pasta choux como base puedes hacer muchas combinaciones. Si lo vas a servir como postre, puedes rellenarlos con la nata (o con helado de nata), y bañarlos en salsa de chocolate caliente al servirlos. Yo no los iba a ser inmediatamente, asi que para mi cubrirlos con la ganache y rellenarlos de chocolate y mantenerlos en la nevera hasta la hora de tomarlos fue lo que mejor funcionó. 
Ten en cuenta, sin embargo, que si los haces con mucha antelación (por ejemplo, de un dia para otro) el chocolate se puede cuartear, asi que como la pasta choux aguantara bien, mejor decora y rellena como máximo, unas 3-4 horas antes de consumirlos.
  
Profiteroles de nata con ganache de chocolate 

Pasta choux
125 ml de agua
50 gramos de mantequilla
2 gramos de sal
100 gramos de harina de repostería
2 huevos medianos a temperatura ambiente (La receta de Esther pide 3 huevos, pero en mi caso con 2 conseguí la textura necesaria)
Preparación
Precalienta el horno a 220º.
Calienta el agua con la sal en un cazo a fuego fuerte. Cuando esté a punto de romper el hervor, añade la mantequilla y remueve con una cuchara de madera hasta que se derrita, sin que llegue a hervir. Vuelca la harina de golpe y remuévela bien durante un minuto o minuto y medio, trabajando la masa. Una vez la masa se despegue de las paredes del cazo, retíralo del fuego y enfría la masa. Para que pierda temperatura, pásala a un bol (mejor si es de cerámica o metálico), y remuévela con la batidora y las varillas de amasar, o con una espátula, hasta que deje de humear y  se temple ligeramente. Una vez refrescada la masa, añade un huevo e intégralo bien en la masa antes de añadir el siguiente. Pon la masa en una manga pastelera con boquilla redonda, y pon montoncitos de masa del mismo tamaño en la placa de horno preparada con papel de hornear o una plancha de silicona antiadherente. Deja suficiente distancia entre las piezas, porque crecerán bastante en el horno. Lleva al horno 15 minutos. Deja enfriar 10 minutos antes de manipularlos.
Si con la misma masa haces tiras largas en lugar de bollitos, tendrás eclairs.

Ganache de chocolate (sobrará bastante)
50 gramos de chocolate de cobertura al gusto
15 gramos de mantequilla
Una pizca de sal
1 cucharada sopera de agua

En un cazo al baño maria, pon el chocolate en trocitos y el agua y deja que se derrita. No lo remuevas hasta que el chocolate se haya derretido. Entonces, añade la sal y la mantequilla y remueve hasta tener una salsa de chocolate. Deja entibiar antes de usar. Demasiado fría resultara dura y no podrás usarla, demasiado caliente y arruinará el profiterol.

Nata montada
200 gramos de nata con al menos 35% de materia grasa, muy fría (unos minutos en el congelador ayudan)
40 gramos de azucar glas (o más si te gusta muy dulce)

Monta la nata con las varillas de la batidora hasta que endurezca. Yo acabo de comprar una Kitchen Aid y quiero recordar los tiempos que me han servido: batir 1 minuto a velocidad 6, y añadir el azúcar. Batir 2 minutos y medio más a velocidad 4.

Montar
Una vez fríos los profiteroles, hay dos formas de rellenarlos:
·       Puedes hacer un agujero en la base y rellenarlos con la nata con una manga pastelera (con boquilla, y haz el agujero con ella). Después pásalos por la ganache de chocolate y dejar a enfriar en el frigo.
·       A mí personalmente me gusta más abrirlos por la mitad con un cuchillo de sierra. Luego, moja en la ganache la parte superior y déjalos enfriar en el frigorífico para que el chocolate se seque. Monta la nata y con una boquilla de estrella, rellénalos con la nata. Deja en el frigorífico hasta el momento de consumir.