24 marzo 2015

Rollitos de canela estilo americano - Sticky cinnamon buns - y 5 años de blog




Todas las que hayáis tenido que cambiar de ciudad (y sobre todo de país)  entenderéis perfectamente esto. Hay un par de cosas que son una tortura cada vez que haces una mudanza. Más allá del empujón inicial, una vez instalada, yo siempre tengo que enfrentarme -con una suerte desigual, todo hay que decirlo- a esas pequeñas cosas del día a día que parecen una frivolidad pero que son un auténtico fastidio. Para mí hay dos cosas básicas en esta categoría:
Uno: encontrar peluquería
Dos: manejarte con las tiendas de ropa.

Y no, no os confundáis. Si las dos cosas son un problema no es porque para mí un día ideal sea ir de tiendas y terminar dándome un capricho en la peluquería. Más bien, todo lo contrario. Lo creáis o no, yo soy de esa clase de mujeres para las que ir de compras no es un pasatiempo, sino una obligación. Así que cuando no eres demasiado fan de ninguna de las dos cosas, pero tienes que hacerlas y el resto del mundo es testigo de tu dudosa habilidad para ambas, lo de estar teniendo que empezar de cero cada vez es una pequeña tortura. 
Sí, claro que parece una frivolidad, pero cuando tienes un pelo mediterráneo (grueso, ondulado y con volumen) que no todos los peluqueros saben manejar, imagínate lo difícil que es encontrar a tu nuevo Rupert en cada nuevo sitio.
De todos modos, lo mío es de nota, porque incluso cuando no era yo la que se movía, se me mudaban los peluqueros. En Palma hubo un chico que consiguió que las visitas a la peluquería no fueran un disgusto seguro, sino que hasta me gustase (cosa bastante improbable, porque no cualquier peluquero ha estado a la altura de mi melenaza, -ahí lo dejo). Para cuando ya nos habíamos acostumbrado el uno al otro, me partió el corazoncito al decirme que se mudaba a Ibiza. Los años siguientes fueron un cambio de peluquería de nombre en peluquería de nombre, hasta que me harté de pagar el nombre de franquicias en las que me cobraban una pasta por un servicio digamos que mejorable, por aquello de no hacer sangre, y terminé probando las peluquerías de barrio que tampoco eran tan diferentes.
Pero entonces tenía un pelo largo que podía aguantar mejor según qué desastres. Ahora tengo otra vez el pelo muy corto. Y no puedo evitar necesitar a mi Rupert más a menudo. Y eso no es tarea fácil. De momento aquí estoy haciendo otra vez la ruta de las peluquerías más o menos conocidas, porque me impone acabar teniendo que llevar gorro durante semanas. Pero to be honest, como dicen por aquí, no estoy nada convencida. Solo espero que mi Rupert esté por ahí, en alguna parte, esperando a que lo encuentre y así poder dejar de agobiarme cada vez que me toca cortarme el pelo.


Como podéis ver, la cosa tiene bastante poca gracia. Pero además, está la segunda parte. No sé si os pasa a vosotras, pero para mí lo de volver a encontrar los sitios en los que comprar ropa cada vez que me mudo me fastidia también bastante. Cuando no eres fan de ir de compras lo más probable es que evites hacerlo hasta que ya no queda más remedio: es decir, cuando necesitas algo porque literalmente te hace falta. Y no, no me refiero al tópico “no tengo qué ponerme”. Me refiero a tener que reponer vestuario desesperadamente porque lo has estado evitando más tiempo del que tú misma sabes que es razonable. Pero es que yo me paso el día en una oficina que no tiene tiendas cerca (es decir, no puedo irme a mirar escaparates en la hora de la comida ni nada parecido), y cuando no estoy trabajando se me ocurren mil otras cosas que hacer antes que ir de compras. Así que os podéis imaginar que cuando voy, a la segunda tienda en la que me pruebo algo ya me satura, me canso, me aburro, me convenzo de que es un rollo y vuelvo a casa con los mismos pantalones negros que tenía que jubilar. Así que si eso me pasaba donde más o menos controlaba las tiendas y las marcas en las que al menos podía encontrar mis habituales, imaginad mi frustración cuando aquí tuve que empezar de nuevo. Un rollo mortal que sigo sin tener resuelto. Sí, lo de Internet está muy bien, pero me sigue haciendo falta probar la ropa para hacerme una idea.
No os podéis imaginar el disgusto que tengo desde que la única tienda de Zara que había en Belfast está cerrada por reformas. Os sonará a chiste, pero cuando no tienes pasión por la ropa, Zara es ese territorio familiar y conocido que te asegura que al menos encontrarás tus habituales. Y llevan desde enero de reformas. Y yo estoy huérfana de verdad. No os podéis imaginar el disgusto que tengo. Seriously, people.

Así que para quitarme el sofocón, mejor mirar atrás y recordar que hace así como 5 años que empecé este blog. Ha pasado no sólo mucho tiempo, sino también muchas cosas. En el blog, en mi vida, en mi trabajo, en Internet, en el panorama de blogs de cocina, en mi propio interés por la gastronomía y la cocina, en mi propia dedicación al blog.
Pero supongo que de alguna manera el haber llegado hasta aquí no deja de ser motivo de celebración. Mola mirar atrás y ver lo que  he hecho y lo que he aprendido, y ver cada foto y cada receta y cada comentario y recordar el momento exacto, lo que aprendí, lo que me hubiera gustado hacer de otra forma, lo que está bien, lo que me encanta. No sé si habrá un sexto año, pero los rituales tienen magia y no soy quién para quitársela a este momento.
En los últimos años había vuelto a repetir la misma receta con motivo del cumpleaños del blog. Pero como todo en este blog, nada está escrito en piedra, nada es definitivo ni rígido, ni imposible de cambiar. Así que en lugar de los pulla de canela que fueron mi primera receta y a la que me ha gustado volver cada vez que el blog ha cumplido un año, hoy he preparado otra alternativa a esta receta. Si he repetido tanto los bollitos de canela es porque a mi beta tester le encantan. No los hago solo para el blog. Es una de las recetas que más se repite en casa, porque es lo primero que me dice para acompañar un café cuando hace unas semanas que no preparo nada.  He probado muchas variaciones y muchas recetas intentando mejorar la receta original. Ya sabéis que me aburro si siempre hago lo mismo, qué le voy a hacer. Pero estoy considerando seriamente dejar de hacer pruebas con esto, porque él mismo me dijo en algún momento: “en serio, que la receta original no tiene ningún problema, si a mí es la que más me gusta….”
Esta de hoy me gusta porque los bollitos quedan algo húmedos y jugosos, y el resultado es más que bueno. No, no son bollitos de canela finlandeses. En este caso, son bollitos de canela tipo americano. Pero también están ricos y me apetecía tener esta receta también aquí en el blog.
No tengo ni idea de lo que me va a traer el nuevo año del blog, pero quién sabe, igual uno de estos días puedo pasarle esta receta a mi nuevo Rupert, si lo encuentro y es goloso.
Feliz año.


Bollitos de canela (para unas 12 – 15 unidades)

450 gramos de harina de fuerza
50 gramos de azúcar
85 gramos de mantequilla
7 gramos de levadura de panadería seca (1 paquetito)
2 huevos batidos
150 ml de leche entera
Aceite de girasol para pintar el molde

Para el relleno
50 gramos de mantequilla
2 cucharaditas colmadas de canela
85 gramos de azúcar moreno
1 huevo batido para pintarlos antes de hornear


Pon la harina, azúcar y 1 cucharadita de sal en un bol. Añade la mantequilla en trocitos y mezcla con las manos hasta conseguir una textura como de pan rallado. Añade la levadura y los huevos batidos. Añade la leche y mezcla bien hasta obtener una masa suave (es posible que tengas que añadir algo más de leche). Bate con el gancho amasador de la batidora unos 7 minutos, o amasa a mano unos 15 minutos, hasta que la masa esté  suave y lisa. Pinta con aceite la base de un bol y deja reposar la masa cubierta de film de cocina o con un paño de cocina. Deja levar en un sitio cálido durante una hora o hasta que haya doblado su tamaño.
Una vez haya levado la masa, amasa ligeramente para quitarle el exceso de aire y extiéndela en un rectángulo trabajándola con un rodillo.
Funde la mantequilla, pinta la masa con la mantequilla derretida y espolvoréala con la mezcla de canela y azúcar moreno, repartiendo bien por toda la superficie. Si quieres, puedes añadir unas nueces u otro fruto seco al relleno. Yo prefiero los rollitos clásicos, sin frutos secos.
Enrolla la masa como si hicieras un brazo de gitano, intentando conseguir un rollo lo más apretado que puedas. Corta el rollo en piezas de tamaño similar.
Lleva los bollitos a una fuente apta para horno pintada con mantequilla. Pon los rollitos en ella, teniendo en cuenta que crecerán mucho.
Déjalos de nuevo a levar, al menos otra media hora.
Píntalos con el huevo batido una vez hayan levado (si quieres, puedes espolvorear algo más de azúcar moreno por encima) y llévalos al horno a 180º durante 30 minutos.



20 febrero 2015

Profiteroles clásicos con nata montada y ganache de chocolate amargo



 
Esta entrada no es una receta ligera, ni rápida, ni sencilla, ni te sacará de un apuro llegado el caso. Es decir, esta no es el tipo de receta  que normalmente encontrarías en el blog. 
Pero es que este blog tampoco es lo que normalmente era. Para bien o para mal, yo no me paro, mi vida ha cambiado, y el blog también. El blog empezó en un momento en el que yo estaba particularmente insatisfecha a nivel profesional, y fue la forma de canalizar un proyecto personal y creativo, que me permitió aprender nuevas cosas y dedicar mi energía a algo que personalmente me resultaba interesante. Luego con el tiempo se fue moldeando en distintas direcciones. Ha habido mucho tiempo y muchas direcciones desde entonces. Pero el blog nunca ha sido nada más que un hobby. Un hobby que me ha dado muchas satisfacciones, pero un hobby al fin y al cabo. Y en los últimos meses mis prioridades, mis necesidades y el tiempo que tengo para ellas han cambiado. Han cambiado mucho. 
El blog ha ido perdiendo importancia, ha ido dejando de ser una parte importante de mi vida y se ha ido quedando relegado a una actividad casi residual. 
Esto no es una justificación, no necesito justificarme en absoluto. Es una explicación. Solo intento explicar que esto no es mi negocio, que mi ego no necesita continuamente una corte que lo jalee, y que la vida da para lo que da y el mejor uso del tiempo en unas épocas no es el mismo que en otras. Cuando he tenido tiempo, ganas y energías para ponerlas aquí y compartir contenidos, recetas, fotos, historias, lo he hecho. Ahora eso pasa menos, pasa de otra manera. Y ya está.
Ahora no tengo tiempo, apenas energías y mis motivaciones son muy distintas a las que fueron en otros momentos, así que necesariamente tenía que ser distinto. 
Y ese ser distinto tiene un único aspecto importante. Aunque no haya publicado, he seguido cocinando. De hecho, he cocinado más y más en el día a día. Pero no he cocinado para el blog, sino para mí, para mi familia. 
También se ha hecho evidente que con el tiempo las expectativas de lo que podía o no podía publicar en el blog habían cambiado, y habían crecido hasta tal punto que  las cosas se habían vuelto bastante ridículas. Y la verdad, no tengo ganas ni energías para darle tantas vueltas a algo que hago simplemente por el puro gusto de hacerlo. Que si la receta tenía que ser original, que si sana, que si rápida, que si la foto tenía que ser de una manera o de otra, que si no tenía luz….


Hace poco me di cuenta de que hay muchas cosas que no había publicado en el blog pero que me apetecía tener aquí. Jamás he sido capaz de retener una receta en la cabeza. Las cantidades me bailan, se mezclan, y nunca me fio de mi propia memoria. Me temo que inconscientemente, tengo un espacio tan limitado en mi cerebro para estas cosas que sé que la receta siempre estará mejor, más segura, más invariable, en la fuente original. Así que hay algunas recetas que hago en casa con cierta frecuencia -pero no tanta como para no necesitar la receta exacta-, que no me parecían interesantes para el blog. Y ahora me parece ridículo no haberlas publicado. Este blog empezó, también, como mi cuaderno de recetas. No tiene sentido que cosas como la empanada que hago de tanto en tanto, o las crepes, u otras cosas que he probado con distintas combinaciones hasta encontrar la receta que a mí me gusta, no estén en el blog. Sobre todo ahora, que cada vez me resulta más incómodo tener que buscar una receta en un libro o una revista cuando la necesito. No hace falta que las recetas sean mías para publicarlas, no necesito ningún control de calidad de nada. Este es mi espacio y ahora quiero que sea útil para mí. Ahora cada vez más uso mi tablet en la cocina, ahora quiero tener aquí las recetas que yo quiero.  

Así que si para cuando repita estas recetas estoy de humor y puedo hacerles fotos, irán apareciendo poco a poco en el futuro.
Además, hay otra cosa que quería hacer y acabo de empezar.  No sé si tendré tiempo y capacidad para que sea algo continuo, o no; aunque a decir verdad, tampoco me importa hasta dónde llegue. Lo cierto es que tenía muchas ganas de aprender de repostería y estoy empezando a hacerlo. Ahora tengo mucha más gente encantada de probar lo que preparo (léase, los compañeros de trabajo de J., que son muchos), así que no necesito castigar a mi familia con dulces y repostería a porrillo. 
Tenía ganas, muchas ganas de aprender técnicas distintas, y de tener un recetario de repostería que supiera que era ese al que siempre podría volver y que siempre iba a funcionar. Además, ahora mis hijas son algo mayores, tengo una cocina más amplia, y a lo mejor –solo a lo mejor- puedo empezar a hacer cosas que exijan más tiempo, más pasos intermedios sin interrupciones. Así que quiero darle un repaso a las técnicas básicas de repostería y anotar aquí las recetas que quiero tener a mano, sean de la fuente que sean y tenerlas todas anotadas y accesibles para cuando me apetezca, sin tener que preocuparme de nada más. 
Hay un par de recetas de bizcochos que me encantan, un brownie que es maravilloso, unas crepes que siempre hago, la receta de masa quebrada que siempre sale, la ganache de chocolate que más me gusta, y quiero probar y aprender muchas más cosas, he probado a hacer canutillos, y tengo ganas de manejarme con técnicas de pastelería y repostería que hasta ahora no había probado. Eso sí, de momento, sigo sin verme trabajando fondant, jugando con glasas de colores y cremas de mantequilla. Pero eso es por el momento. Quien sabe, igual con el tiempo también eso me interesa -aunque ahora mismo no soy capaz de imaginármelo-.

 
La primera de estas recetas básicas es esta receta de profiteroles. En realidad, lo de menos es esta receta como aparece hoy. Lo que yo quería era tener una receta de masa choux a prueba de torpes como yo, que pueda usar luego para hacer todas las preparaciones que yo quiera. (y no, lo de la croquembouche sigo sin verlo, pero no descarto hacer alguna vez profiteroles de chocolate con mousse de maracuyá y glaseados de tofe con sal Maldon, por decir algo que me apetece ahora mismo). Y después de probar un par de recetas que no funcionaron, la que me ha dado un resultado espectacular ha sido, como no podía ser de otra manera, la de Esther Sánchez, de Chocolatísimo, que además de pastelera profesional hace unos videos que son geniales para hacerte una idea de las texturas de las masas, de cómo hay que trabajarlas, etc. No pretendo reemplazar para nada su receta, y de hecho, te recomiendo que veas su video, porque seguro que te haces una mucha mejor idea viéndolo que con la receta como yo la pongo aquí, pero como la idea es tener en un mismo sitio todas las recetas, quería ponerla aquí con un cambio mínimo.
Otro detalle es que acabo de auto regalarme una Kitchen Aid y a lo mejor –y solo a lo mejor- eso ha tenido algo que ver con la fiebre repostera que me ha dado últimamente. 
Como estoy aprendiendo también a utilizarla, necesito apuntar en alguna parte cosas tan sencillas como los tiempos para montar la nata. Porque es algo que antes hacia con la batidora y a ojo, pero ahora quiero saber y recordar como he conseguido los mejores resultados. 
Para la ganache he recurrido a uno de mis libros favoritos: Chocolate, de Julie Andrieu. No hay nada en este libro que no me guste, no me canso de recomendarlo a cualquier amante del chocolate que se precie, es uno de los primeros libros que compre al poco de empezar con el blog, y de los que he hecho más recetas que no me han fallado nunca.  Así que siempre esta en mi cocina, pero también en este caso tenía ganas de tenerla aquí, así que Julie, deja que use tu receta (con ligeros cambios) y que aparezca aquí.
Con la pasta choux como base puedes hacer muchas combinaciones. Si lo vas a servir como postre, puedes rellenarlos con la nata (o con helado de nata), y bañarlos en salsa de chocolate caliente al servirlos. Yo no los iba a ser inmediatamente, asi que para mi cubrirlos con la ganache y rellenarlos de chocolate y mantenerlos en la nevera hasta la hora de tomarlos fue lo que mejor funcionó. 
Ten en cuenta, sin embargo, que si los haces con mucha antelación (por ejemplo, de un dia para otro) el chocolate se puede cuartear, asi que como la pasta choux aguantara bien, mejor decora y rellena como máximo, unas 3-4 horas antes de consumirlos.
  
Profiteroles de nata con ganache de chocolate 

Pasta choux
125 ml de agua
50 gramos de mantequilla
2 gramos de sal
100 gramos de harina de repostería
2 huevos medianos a temperatura ambiente (La receta de Esther pide 3 huevos, pero en mi caso con 2 conseguí la textura necesaria)
Preparación
Precalienta el horno a 220º.
Calienta el agua con la sal en un cazo a fuego fuerte. Cuando esté a punto de romper el hervor, añade la mantequilla y remueve con una cuchara de madera hasta que se derrita, sin que llegue a hervir. Vuelca la harina de golpe y remuévela bien durante un minuto o minuto y medio, trabajando la masa. Una vez la masa se despegue de las paredes del cazo, retíralo del fuego y enfría la masa. Para que pierda temperatura, pásala a un bol (mejor si es de cerámica o metálico), y remuévela con la batidora y las varillas de amasar, o con una espátula, hasta que deje de humear y  se temple ligeramente. Una vez refrescada la masa, añade un huevo e intégralo bien en la masa antes de añadir el siguiente. Pon la masa en una manga pastelera con boquilla redonda, y pon montoncitos de masa del mismo tamaño en la placa de horno preparada con papel de hornear o una plancha de silicona antiadherente. Deja suficiente distancia entre las piezas, porque crecerán bastante en el horno. Lleva al horno 15 minutos. Deja enfriar 10 minutos antes de manipularlos.
Si con la misma masa haces tiras largas en lugar de bollitos, tendrás eclairs.

Ganache de chocolate (sobrará bastante)
50 gramos de chocolate de cobertura al gusto
15 gramos de mantequilla
Una pizca de sal
1 cucharada sopera de agua

En un cazo al baño maria, pon el chocolate en trocitos y el agua y deja que se derrita. No lo remuevas hasta que el chocolate se haya derretido. Entonces, añade la sal y la mantequilla y remueve hasta tener una salsa de chocolate. Deja entibiar antes de usar. Demasiado fría resultara dura y no podrás usarla, demasiado caliente y arruinará el profiterol.

Nata montada
200 gramos de nata con al menos 35% de materia grasa, muy fría (unos minutos en el congelador ayudan)
40 gramos de azucar glas (o más si te gusta muy dulce)

Monta la nata con las varillas de la batidora hasta que endurezca. Yo acabo de comprar una Kitchen Aid y quiero recordar los tiempos que me han servido: batir 1 minuto a velocidad 6, y añadir el azúcar. Batir 2 minutos y medio más a velocidad 4.

Montar
Una vez fríos los profiteroles, hay dos formas de rellenarlos:
·       Puedes hacer un agujero en la base y rellenarlos con la nata con una manga pastelera (con boquilla, y haz el agujero con ella). Después pásalos por la ganache de chocolate y dejar a enfriar en el frigo.
·       A mí personalmente me gusta más abrirlos por la mitad con un cuchillo de sierra. Luego, moja en la ganache la parte superior y déjalos enfriar en el frigorífico para que el chocolate se seque. Monta la nata y con una boquilla de estrella, rellénalos con la nata. Deja en el frigorífico hasta el momento de consumir.

15 enero 2015

Galletas de chocolate con forma de hombrecitos de jengibre que tenían que haber sido una casa





Últimamente apenas tengo tiempo para el blog. No es que no me apetezca, de hecho, incluso tengo unas cuantas recetas preparadas para publicar, pero es que parece que las cosas se ponen de acuerdo para que pueda dedicarle mi tiempo, mi atención y mis energías a todo menos a esto. 

En la parte buena yo pondría que estoy cocinando. Estoy cocinando y mucho. Y eso, sea o no sea para publicar en el blog, me gusta, me hace feliz y hace felices a los que me rodean. Y tengo tantas otras cosas en las que poner mi energía que a menudo tengo que recordarme que esto sigue aquí.
Entre las cosas que he cocinado últimamente están dos roscones de reyes que hice con la misma receta de siempre, que sigue saliendo igual de buena que siempre. Aquí, sin embargo, no tengo levadura fresca y tengo  que apañarme con la liofilizada, así que el primer intento quedó bueno de sabor, pero más compacto de lo que debería. El segundo, ya para el día de reyes, que celebramos aquí, quedo perfecto. Tanto, que tuve que congelarlo o lo hubiéramos devorado de una sentada. Eso sí, el día 6, que mis hijas volvían al cole, se fueron felices de la vida después de haber desayunado roscón y haber abierto sus regalos, a explicarles a sus amigos que los reyes saben dónde vivimos, y que siguen parando en nuestra casa. 


Y luego he hecho cosas absurdas, que no tienen nada que ver conmigo, como intentar hacer una casa de jengibre antes de Navidad, porque cayó en mis manos esta revista y mis hijas me liaron para hacerla un fin de semana antes de vacaciones.

Así que, muy a mi pesar, porque lo de las decoraciones y los trabajos manuales en la cocina no me interesa en absoluto, pero presa de un espíritu navideño digno de mejor causa, imprimí la lista de la compra, compré los ingredientes, y me preparé para un fin de semana de jugar a construir casitas y decorarlas con mis hijas. 


Cometí un error de principiante. No sé si presa de la emoción o simplemente de las prisas y los miles de otras cosas que estaba haciendo al mismo tiempo, pero por algún motivo, no leí la receta entera. Y eso, que es algo básico, que es algo que yo siempre recomiendo a todo el mundo, fue una gran tontería. Porque para cuando tenía la mesa llena de todo lo que os podáis imaginar y un poco más, para cuando había imprimido las plantillas para las distintas piezas y estaba pertrechada de paciencia para la que se me venía encima, entonces seguí leyendo la receta y me di cuenta de que las cantidades de masa eran una barbaridad –pero bueno, hay mucho que construir me dije, yo que soy nueva en estas lides-. También había bastante que esperar entre la preparación de la masa y el momento de poder usarla, lo cual, cuando trabajas con niños es un rollo porque su paciencia es algo que, simplemente, ni está ni se le espera. Pero con las galletas de mantequilla pasa lo mismo, me dije –debía de ser mi espíritu navideño el que seguía dando una respuesta a cada tropiezo del camino-. El problema llegó cuando vi que hacían falta varios días para construir la casa de marras. No daba crédito. Pero si es más rápido hacer una casa prefabricada de verdad que montar esa cosa. Y además necesitaba media cocina para dejarla quieta mientras las piezas secaban. ¿Quién tiene tiempo/ganas/sitio/paciencia y estómago para hacer algo así y  luego comerlo? Para mí esto ya era demasiado. Así que como la masa estaba reposando en el frigorífico, decidí que el plan se cambiaba sobre la marcha y saqué el corta galletas de los hombrecitos de jengibre, y en un momento tuvimos un ejército de muñequitos de chocolate. Una, dos, tres bandejas se fueron llenando en lo que empezaba a parecer una factoría. 


 
Otra cosa que os recomiendo no hacer nunca, y menos cuando lo que estáis horneando son galletas, es dejar el horno desatendido. En fin, cuando acababa de meter la última bandeja en el horno, J. me preguntó algo. Subí al piso de arriba, empezamos a hablar, y seguimos hablando, y esas cosas que pasan cuando vives con alguien con quien te gusta hablar, que seguimos hablando y para cuando volví a la cocina un olorcito a galleta quemada ya estaba llenado hasta el último rincón de la casa.
Conclusión: incluso cuando llevas años cocinando sigues haciendo, de vez en cuando, todas esas cosas que sabes que no hay que hacer y que en condiciones normales no harías.  El lado bueno de todo esto, que lo tiene, y mucho, es que las galletas quedaron espectaculares. Solo son aptas para amantes del chocolate, porque son chocolatosas a más no poder. Es como una galleta de mantequilla pero en chocolate: una bomba. Y mirándolo bien, a mis hijas lo que les apetecía de la casa era jugar con la glasa y decorar las galletas, pero el sabor de todo ese azúcar es algo con lo que no pueden. Así que hicimos glasa de un par de colores y lo que hicieron fue decorar las galletas que se habían quemado. El resto las repartí con unos amigos, porque en casa empezaron a volar y éramos muy capaces de zampárnoslas todas de una vez, así que intenté controlar los daños.



Pero como bien esta lo que bien acaba, y a pesar de que todo el mundo sigue empachado a estas alturas, yo quería colgar esta receta porque quiero volver a hacerlas en algún momento (seguramente con la mitad de las cantidades originales), que es uno de los objetivos del blog. 

Galletas de chocolate con forma de hombrecitos de jengibre que tenían que haber sido una casa.

Ingredientes

• 100 g de chocolate negro belga
• 400 g de mantequilla en pomada
• 300 g de azúcar • 100 g de miel
• 2 huevos grandes, ligeramente batidos
• 700 g de harina de trigo
• 100 g de cacao
Derretir el chocolate en un recipiente al baño María- calor sobre una cacerola de agua hirviendo apenas. Dejar enfriar un poco. En un tazón grande (o usando el cuenco de una batidora de pie), bata la mantequilla y el azúcar hasta que estén bien combinados.

Batir en el chocolate derretido y miel de caña. Mezclar los huevos hasta que estén bien combinados y tamizar la harina y el cacao. Mezclar hasta que se forme una masa cohesiva. Enfríe por 45 minutos.
Coloque una hoja de papel de horno sobre la encimera y colocar una cuarta parte de la masa en la parte superior. Ponga una hoja de papel de horno en la parte superior y extender la masa hasta aproximadamente 35 cm x 25 cm, aproximadamente el grosor de una moneda de £ 1. Repita con los otros cuartos de la masa para crear 4 piezas. Apilar con cuidado los trozos de masa en su papel de horno sobre una tabla de cortar o bandeja para hornear; descansar en la nevera durante al menos 1 hora.
Precaliente el horno a 190 ° C, ventilador de 170 ° C, gas 5. Hornea las galletas durante 10 minutos.